“Soy gay; me gustan los hombres, me gusta ser hombre y no hay nada de malo en mi comportamiento afeminado, pero me sigue dando miedo vivir en un mundo de machos.”

 En continuidad con el calendario de actividades que el grupo de cuarto semestre de la línea Inclusiva de la Universidad Pedagógica Nacional del Estado de Chihuahua (UPNECH) campus Parral planeó y llevo a cabo para concientizar a la sociedad sobre la diversidad sexual, así como para impulsar el respeto y el apoyo hacia todos los miembros de la comunidad lésbico, gays, bisexual, transgénero, travesti, transexual,  intersexual (LGBTTTI) un joven perteneciente a esta comunidad y alumno de dicho campus, cuenta su testimonio de vida a través de una carta que presentamos a continuación:

 

“Un par de páginas son incapaces de describir quién soy, pero la intención no es que me conozcan a mí, a decir verdad, mi tema de conversación predilecto nunca ha sido hablar de mí, pero se trata de dar respuesta a preguntas del tipo: ¿cuándo? ¿cómo? ¿con quién? ¿contra quién?…porque allá afuera hay personas con miedo, perdidas, confundidas y tienen que darse cuenta de que no estamos solos.

Todo se remonta a mi infancia, cuando era diferente pero aún no lo sabía. Mi mamá me describía como un niño sensible, porque, a comparación de mis hermanos -que veían películas de súper héroes y de autos- yo prefería ver princesas, recuerdo que me pasaba el día viendo la bella y la bestia o la sirenita. Una vez, de hecho, me encontraron jugando con un vestido puesto, el peor error que puede cometer un niño. Mi familia siempre tuvo mucho celo por su fe, para ellos era incorrecta mi actitud, así que me leían historias donde Dios castigaba a quienes desobedecían y yo comencé a tener miedo. No lo entendía, solo sabía que “era malo”.

Nunca me gustó la típica división de “los niños con los niños y las niñas con las niñas”, pues yo solo tenía amigas gracias a que mis movimientos delicados, mis juegos e ideas, no solo incomodaban a mi familia, también les disgustaba a los niños de la escuela o a mis maestras, pero no me importaba, porque yo era feliz rodeado de mujercitas. Recuerdo haber elegido el morado como mi color favorito, porque el azul me parecía horrible y elegir el rosa era sinónimo de deshonra cuando tienes un pene. Incluso, ahora que lo veo en retrospectiva, entiendo por qué cuando era niño prefería ignorar que tenía uno.

No había conocido la crueldad hasta que entré a la primaria, el cambio representó una dificultad enorme; sin amigos, acompañado de chistes sobre mí forma de caminar, uno que otro empujón por ser “jotito” y el génesis de mi auto desprecio. La ilusión de ser un niño grande mutó a un odio hacia la escuela, pero tuve que aprender a vivir con eso, yo solo. Era eso o dejar de ir a la escuela.

Un año después me trasladaron al turno matutino, un cambio bastante positivo porque, aunque también ahí encontré burlas y rechazo, también estaban dos niñas valientes que me defendían, se me llena el corazón solo de recordarlas porque me hicieron más llevadero el trayecto. Durante todo ese tiempo, me esforcé por encajar en un mundo de color azul, aprendí a ignorar los insultos y a no llorar cuando me empujaban, porque yo estaba mal, porque lo merecía y no había nada que hacer.

Mi llegada a la secundaria trajo una larga lista de cambios; mi cuerpo dejó de ser el mismo y yo no estaba conforme con nada de lo que el espejo me mostraba, me acerqué a Dios, me distancié de las dos niñas valientes que cuidaban de mi, aunque nuevas personas se volvieron importantes, sin embargo, lo que de verdad cambió mi vida fue aceptar que yo admiraba la feminidad pero que no me atraían las mujeres, aun así preferí pensar que en algún punto de mi vida lo superaría.

A mitad del segundo año, encontré personas que también reprimían lo que sentían; dos amigos con los que hablaba en secreto de lo guapo que era tal o cual compañero. Así comencé a introducirme a mi orientación sexual, identificándome primero como bisexual. Aunque a decir verdad, jamás tuve una fantasía ni un sueño erótico con una mujer, pero aparentemente es más fácil de digerir.

Paradójicamente, mientras comenzaba con lo que muchos pudieran llamar promiscuidad, hice un último y desesperado intento de estar con un Dios que me amaba, pero no del todo por ser contrario a lo que se supone que él estableció. Mi relación pública con Dios, se dio por perdida. La separación de mis padres llegó junto con mi transición a la preparatoria.

En ese tiempo yo tenía un ciber novio, que me ciber abandonó y tal vez me ciber puso el cuerno antes de eso, pero es relevante porque fue la excusa perfecta para que mis nuevas amigas de prepa entendieran que yo no encajaba en lo que ahora sé que se llama heterónoma y que lejos de ser bisexual, me sentía atraído solo por hombres. Ahora me río del miedo que tenía al no saber cómo decirles, pero contrario de lo que yo me esperaba, fueron muy buenas conmigo, me dieron su cariño incondicional. Siempre he sido afortunado de estar rodeado de princesas, fuertes y valientes que han sabido cuidar de mi.

Y hablando de mujeres, en este punto de mi vida también me di cuenta de que hay princesas que buscan princesas. Sentirme comprendido por una mujer que, a su manera, pasaba por lo mismo que yo, fue de mucha ayuda para entender quién era. Aunque para ella resultó ser solo una etapa, yo atesoro todo lo que aprendimos juntos. Pero no todo fueron lecciones lindas de la vida.

A los quince años perdían la virginidad las personas que me rodeaban y yo apenas estaba por dar mi primer beso con otro chico; diecisiete años tenía él, en una fiesta que me hizo darme cuenta que yo para nada pertenecía a ese ambiente y de que ahí habitaba la excusa perfecta para salvarse de las burlas que vendrían después; él estaba borracho y yo era demasiado inocente. Él era heterosexual y yo “quería voltearlo”, esa fue su excusa. 

Luego, ocultar con maquillaje todo lo que odiaba de mí mismo era aún peor que el hecho de que me gustara el color rosa, el miedo a quedarme solo y haber estado equivocado todo ese tiempo se subía a mi cama de noche para morderme los pies. El génesis del auto desprecio en mi infancia, la repulsión que me provocaron mis cambios físicos en secundaria, la inexperiencia al estar en prepa, junto con un montón de problemas que se relacionan conmigo pero no con el tema, vinieron a converger en un monstruo que me atormentó y me mutilaba la piel cuando estaba solo. En este punto me di cuenta de que ayudar a otros, también es ayudarse a uno mismo. Conocí a una persona por internet, que hasta la fecha se mantiene en contacto conmigo y recientemente ha comenzado su transición (es un hombre trans), aunque aún me estoy adaptando al cambio. Nos apoyamos mutuamente a pesar de la distancia, no importa cuánto tiempo siga pasando.

Luego me enamoré, pero él era demasiado macho para estar con un afeminado, luego me enamoré otra vez, pero yo era demasiado bueno como para atar a un alma libre; me dijeron que el mundo no era color de rosa, el rosa siempre me ha representado un problema, pero aun así me hace sentir bien conmigo mismo. Llegué a pensar que tal vez era más bien un asunto de que mi alma y mi cuerpo no encajaban, pero no soy capaz de arriesgarlo todo por comenzar una transición, esa es prueba suficiente para mí, de que no es una necedad mía; estoy cómodo siendo hombre, vistiendo de rosa y usando maquillaje cuando me da la gana.

Con el paso de los años, y los daños, me he dado cuenta de, como dijo Kahlo, al final del día, somos más fuertes de lo que pensamos, porque a uno no le queda nada más que ser valiente y portar con orgullo el suéter de margaritas que me encanta y muchos critican porque lo compré en la sección mujeres, que no estoy mal por abrazar mi lado femenino y sentirme fabuloso por eso sin tener que ser un cliché. Ser niño-niña, como me dicen –y a mí no me molesta porque es verdad- no significa que voy a chupar un pene cuando el transporte público se ha quedado vacío o que está bien vivir asustado porque un loco pervertido me siguió a mi casa dos veces en su camioneta (literalmente) o vivir incómodo porque los guardias de lugares públicos pueden sacarme junto a mi novio porque hay personas viéndonos al darnos un beso, soportar las incómodas miradas de desaprobación, los intentos de humillación cuando caminamos por la calle tomados de la mano o lo duro que fue cuando me rompieron el corazón y no podía hacer nada más que ahogarme en mi propio sufrimiento porque mi mamá no lo hubiera entendido, en su cabeza sigue siendo una abominación.

En este punto de mi vida sigo aprendiendo a conocerme y a reconocer un mundo de diversidad más allá de lo que conozco. La vida sigue siendo un poco difícil, pero a mí me ayuda el estar con alguien que incondicionalmente me sonríe cuando tengo miedo y el saber que hay personas que celebran el amor – y lo diverso- aunque no terminen de entenderlo, también, me he encontrado con personas que me han hecho parte de su familia sin compartir lazos de sangre.

Soy gay; me gustan los hombres, me gusta ser hombre y no hay nada de malo en mi comportamiento afeminado, pero me sigue dando miedo vivir en un mundo de machos.”

Pseudónimo; Daniel Anteros

 

Rectoría de la UPNECH, apoya e impulsa este tipo de acciones de concientización y hace un llamado a la sociedad, para seguir trabajando día con día en mejorar la cultura de inclusión que tenemos, tomando como base el respeto, la solidaridad y la equidad, pues solo así caminaremos hacia un entorno más equilibrado y justo.

HISTORIA DE UNA DISCRIMINACIÓN

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